

Jueves, nuestro último día en Buenos Aires, día para todas estas cosas que dejamos de último.Nos separamos en varios grupos o parejas para atender lo de cada quien. Un grupo se reunió para almorzar con un viejo amigo que vive ahora en La Plata. Los demás nos fuimos a la calle. Nuestro grupito de tres tomamos un tiempo entre tiendas y diligencias para disfrutar de una de las instituciones mas queridas de Buenos Aires - la confitería/restaruant/bar, en donde uno puede tomar café, compartir torta o helado, almorzar, reunirse en la tarde para tomar un trago con amigos, cenar, o tomar una copita en la noche. Las Violetas es un sitio ejemplar de esta forma de reunir y compartir. Los vitrales son bellisimos, las tortas y postres tentadores, el servicio muy bueno pero sin apuros, y como en muchos establecimientos en Buenos Aires, hay que tomar una escalera alta para llegar a los baños. En muchas partes que visitamos esta semana tuvimos que subir o bajar escaleras - cosa no tan común en Maracaibo pero de lo más natural aquí.
Llegamos a tiempo para la última clase de tango en Buenos Aires - sin Lucas. Aprendimos un paso nuevo, nos reímos mucho, tomamos la foto de despedida y todos aseguraron que van a regresar y que seguirán bailando tango. Como toque especial, nuestra guía, Cintia llegó para despedirse de nosotros, acompañada por su hijo, Michael. Fue un gesto muy amable de su parte, y típico del trato muy especial que hemos recibido aquí en Buenos Aires..

Anibal y Marcela llegaron para acomparñarnos a la cena/show de despedida, en la Esquina de Carlos Gardel. La comida, sabrosa; el show, espectacular; la compañía, perfecta. Fue el cierre ideal para nuestra semana de tangos. Anibal y Marcela regalaron un recuerdito de tango a cada mujer, y una pequeña escultura de cobre de una pareja de tangueros al grupo. Ese se quedará bajo la custodia de Rafael y hará presencia cada vez que nos reunamos a recordar nuestro viaje - y bailar tango.
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